
Un escalofrío recorre lentamente mi espalda y mis pies intentan sin conseguirlo andar en dirección contraria a dónde mi cerebro indica. Avanzo con determinación pero sin el convencimiento necesario.
Hago un repaso minucioso de pros y contras, para que en un último intento por evitar lo inevitable, la balanza se incline hacia el lado que prefiero…
¿Cómo es posible que ejerzas sobre mí ese influjo turbador?
¿Por qué enajenas mi sentido y me envuelves en tu niebla voluptuosa?
Mil veces me he propuesto olvidarte y otras mil me he rendido a tus encantos. Sometida a tus deseos. Deseosa de someterme.
Ahora más que nunca recuerdo nuestro primer encuentro…
Tendí mi mano hacia ti y tu entrega fue absoluta. Debo confesar que en un primer momento pensé que no eras mi tipo.
Pero que habilidad la tuya para atrapar a tu antojo a una incauta como yo que no supo o no quiso resistirse.
Te convertiste de pronto en mi sombra para lo bueno y para lo malo, compartías a mis amigos y siempre has estado a mi lado contra mis enemigos.
También recuerdo nuestra primera separación. Curiosamente, no fue fruto de una pelea, no...
Tuvimos una larga charla y decidimos darnos un tiempo para la reflexión.
No pasaron más de tres días y empezamos a vernos de nuevo. Primero una vez al día y al poco tiempo volvimos otra vez a la misma pasión inicial con color de desenfreno.
Mis manos habían aprendido a recorrer tu cuerpo de forma magistral.
Tú te entregabas a mí sin reservas, sin recelos, con la seguridad de quien se sabe que gusta a los demás. Es increíble esa facilidad tuya para ser doblemente imprescindible en cada encuentro.
Por un lado, la seguridad de lo conocido. Por el otro el estimulo gratificante de lo nuevo.
Yo te recibía con agrado, sumisa y pausada, en el convencimiento de ser yo la que dominaba aquella relación. Ahora sé, que nunca fue así.
Han sido tantos los momentos vividos, que casi no puedo imaginar mi vida sin ti.
Supiste hacerte un hueco tan importante en mi vida que llegamos a compartirlo todo. Me acompañabas al trabajo, en mis salidas nocturnas, a las comidas familiares…
Ayer fue nuestra última noche, al fin venció el raciocinio al impulso.
Te dije adiós y tú callaste.
Cuando acerqué mis labios a ti en el que sin duda era mi último beso, pude sentir tu calor aunque te empeñaste en disimular aparentando frialdad e indiferencia. Ni el más ligero sonido emitiste.
Eras un ser insignificante, abatido, abandonado a su suerte, una colilla...
¿Puede ser que quién dominó mi voluntad a placer durante tanto tiempo, ni siquiera sea capaz de pedir que no le deje?
Probablemente es lo mejor, verte así reafirmó mi decisión.
Finalmente cruzo esa puerta que se me antoja enorme, gigantesca como una pesada losa.
Dentro espera un hombre alto que amablemente y tras desearme buenos días me pregunta…
_“¿Qué desea?”
Trago saliva, respiro profundamente y consigo articular la frase completa…
_ Quiero parches de nicotina. Ayer fumé mi último cigarro!
Bueno, la verdad es que eso está aún por verse… jajaja.
Besos mil.
PícoraViborita.